martes, 19 de abril de 2016

19 de abril. Cruzada libertadora 1825

El “Desembarco de los Treinta y Tres Orientales” el 19 de abril de 1825,  o como también se la denomina “Cruzada Libertadora”, ha sido considerado por distintos historiadores como uno  de los acontecimientos más importantes de nuestra historia. Se lo ha valorado como el hecho que dio inicio al levantamiento oriental contra los ocupantes  que desde 1820 dominaban el territorio de la actual República Oriental del Uruguay.  El término “Cruzada Libertadora”  fue  utilizado muchos años después, en 1863, a raíz del levantamiento del general Venancio Flores contra el presidente constitucional Bernardo P. Berro por lo que algunos investigadores no usan ese término para referirse a este suceso.

Como se mencionó, desde 1820 los portugueses primero y desde 1823 los brasileños después, tuvieron el control del territorio oriental. El gobernador brasileño era Carlos Federico Lecor. Los ocupantes practicaron una política económica que perjudicaba a la mayoría de los orientales con arreadas de ganado hacia Brasil y reparto de suertes de estancia entre los jefes del ejército. Por otra parte  muchos caudillos orientales, por distintos motivos, colaboraban con los brasileños. En 1823 los orientales emprendieron un movimiento revolucionario, que sin apoyo en la campaña, fue derrotado. Por esta razón,  los jefes del mismo debieron emigrar hacia Buenos Aires. Desde allí comenzaron a organizar una expedición que les permitiera volver al territorio oriental y liderar un nuevo levantamiento. A este respecto el historiador Alfredo Castellanos cita las memorias de uno de los participantes, Luis Ceferino de la Torre, el que sostiene,  “Se hallaban emigrados en Buenos Aires muchos patriotas orientales que habían tomado parte activa en los sucesos del año 1823 en Montevideo con la esperanza de dar libertad a la Provincia dominada por los portugueses desde 1817 que la invadieron”
“La batalla de Ayacucho ganada por los patriotas en diciembre de 1824 –que decidió los destinos de América Latina -, inflamó el patriotismo de estos emigrados que reunidos en la casa de comercio que regenteaba don Luis Ceferino de la Torre firmaron espontáneamente un compromiso jurando sacrificar sus vidas en la libertad de su patria dominada por el Imperio del Brasil.”
“Siete fueron los patriotas iniciadores y que contrajeron ese heroico compromiso: Dn. Juan Antonio Lavalleja; su hermano, Dn. Manuel, Dn. Manuel Oribe, Dn. Luis Ceferino de la Torre, Dn. Pablo Zufriategui, Dn Simón del Pino, y Dn. Manuel Meléndez, nombrando enseguida unánimemente a Dn. Juan Antonio Lavalleja jefe de la empresa”. (1)

Para darles sustento a los emigrados así como para organizar reuniones, se utilizaron diferentes saladeros como el arrendado por Lavalleja en Buenos Aires y el de Trápani en la Ensenada de Barragán. Otro local de reunión fue el comercio de C. de la Torre. Asimismo se constituyó una comisión encargada de recolectar dinero y pertrechos de guerra. Numerosos estancieros y comerciantes colaboraron, muchos con la intención de asentarse en nuestras tierras. El gobierno de Buenos Aires oficialmente adoptó una posición de neutralidad aunque en la práctica toleró y cooperó con los preparativos revolucionarios.
Luego de culminados los preparativos, un primer grupo de  expedicionarios, según Juan Spikerman, se embarcaron en las costas de San Isidro el 1 de abril de 1825, comandados por  Manuel Oribe. Este grupo desembarcó y acampó en una isla formada por un ramal del río Paraná, llamada “Brazo Largo”.
El segundo grupo, comandado por  Juan A. Lavalleja, partió después y fue demorado por un fuerte temporal, por lo que los dos contingentes se reunieron el 15 de abril. Desde Brazo Largo navegaron por el río Uruguay en la noche del 18, luego de sortear las naves de patrulla brasileñas.
Al amanecer del 19 de abril desembarcaron, según la tradición, en la playa de La Agraciada, en el actual departamento de Soriano.
Luego de desembarcar, Lavalleja con el resto del grupo, pronunció el célebre juramento de liberar la Patria o morir en el intento, enarbolando la bandera tricolor, con la leyenda central de “Libertad o Muerte”.

Previamente, distintos emisarios habían realizado contactos en la costa para obtener caballos y apoyo. Si bien  en un primer momento a causa de la vigilancia brasileña, los expedicionarios carecieron de caballos luego fueron auxiliados por distintos patriotas.
Con este acontecimiento se dio inicio al levantamiento que finalmente concluiría con la creación del Estado Oriental.
Uno de los puntos más polémicos entre los historiadores ha sido el número de expedicionarios, ya que existen varias listas. Actualmente, se sostiene que el número de personas fue variando durante  del transcurso de la expedición y que formaron parte de la misma paraguayos, argentinos, afrodescendientes y otros sin filiación conocida.

(1)   Castellanos, R,, “La cisplatina, la independencia y la república caudillesca”, Editorial Banda Oriental y La República, 1998.

domingo, 10 de abril de 2016

La yerra. Nuestra pintura cumple 30 años

En el año 1986 un grupo de alumnos de la Escuela 11 de Melo realizó una pintura mural sobre la yerra. La misma fue premiada por pinturas INCA.
Vea lo que es una yerra contada por el Dr. Boutón y la pintura de 1,30 por 1 metro expuesta en el MEC y en La Intendencia de Montevideo.


La Yerra antigua
Roberto J. Boutón - "La vida rural en el Uruguay" (1961)

“Se da este nombre a la operación de marcar ganado. Es en otoño que generalmente se lleva a cabo y al mismo tiempo se hace la capación (castración), pero también se hace en primavera, tratando siempre de que coincida con la menguante de la luna, que, según creencia, los animales sangran menos; quizás también porque el tiempo se mantiene más uniforme.

Se hace la yerra de dos maneras: a campo y en el corral o manguera.

En las yerras a campo (hoy casi ni se hacen), procedíase a la marcación y capación en la orilla del rodeo, donde en lugar aparente se hacía el fuego para calentar las marcas, de las que estaban encargados dos o tres hombres, así como también de capar, pues todo otro trabajo, enlazar, pialar, etc., lo hacían los hombres a caballo, los cuales tenían, dado la clase de trabajo, que cambiar o mudar caballo continuamente. Además, se precisaba mucho personal para contener (atajar el rodeo) a los animales para que no siguieran a los ya yerriados (marcados), que se soltaban al campo.

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Las yerras en manguera facilitaban el trabajo. Una vez el rodeo parado, se arrea el ganado a la manguera donde se encierra. A veces hay conveniencia de apartar los animales que se van a yerriar y llevarlos solos a la manguera, la que se ha preparado, arreglándole la puerta, con palos a los costados para que al rozar, los lazos o sobeos no se estraguen.

Una gran fogata, estratégicamente hecha a un costado de la manguera, lejos de la puerta, mantiene los fierros de las marcas suficientemente calientes para hacer el servicio pronto y el encargado  o encargados, están sobre aviso a grito de: “¡Marca!” o “¡Fierro!”;  también se solía gritar, y contestar “¡Va marca!” y corriendo llegar donde está el animal en el suelo, sujeto por lazos y brazos; para asegurarlo mejor, uno de ellos le ha pasado la cola por entre medio de las patas y tira apoyando un pie en la parte de atrás del jamón del animal. Así que llega el hombre con la marca, la planta con mano firme, pero sin hacer exceso de presión, pues correría el riesgo de que la marca se corriera, dejando la estampa borrosa, pues el animal al sentirse quemado, lanza bramidos de dolor y de rabia, moviéndose como puede.

Se sueltan los lazos; el animal en libertad, dispara para el campo, cuando no da vuelta la cabeza, la sacude y corre tras el jinete o de un hombre que está a pie (el más cercano) para embestirlo, balando al mismo tiempo, enfurecido; y embiste tan ciegamente, que he visto a un gaucho, obligado por defender el pellejo, echarle su poncho sobre las guampas, para taparle la cara.

A así se seguía; según la cantidad de ganado, duraban las yerras, hasta muchos días.

Al lado del fogón, está siempre la pava con agua caliente para el clásico mate y hasta un churrasco, que se hace solo o lo hacen todos, y, entre las cenizas, tirados al azar, los huevos de toro (criadillas), que de tiempo en tiempo, algún paisano pincha con la punta del cuchillo, lo pela cual una naranja y saborea el riquísimo bocado.

Cerca del fogón, hay un buen pedazo de grasa en rama, para pasar la marca, antes de ir nuevamente al fuego para calentarla. Algunos exigen una tina con agua, pues dicen que el fierro de la marca dura más y se limpia mejor.

En la yerra no hay más salario que el asado, el mate y la caña con que se obsequia a los que trabajan. La caña no puede faltar. ¿Cómo se premia un buen pial?; con el voto de todos: “¡Vale un trago!”

En las yerras en manguera, casi todo el trabajo lo hacen los hombres a pie; sólo dos, que son los enlazadores, encargados de sacar el animal a marcar, lo hacen de a caballo. Previamente se reparte el trabajo: uno es el capataz y por lo general es el encargado de castrar, a menos que se le ceda el puesto a alguno de reconocida buena mano; otro para poner la marca; otro para señalar (se aprovecha la ocasión para hacer todos los trabajos a mismo tiempo); los demás, con lazos armados, esperan la salida del animal, escalonados en la puerta de la manguera para pialarlo.

Algunos acostumbran poner frente a la puerta de la manguera, a una distancia de unos 30 metros, un palo plantado firme, cuya extremidad libre en forma de horqueta, es para que el enlazador pase el sobeo por encima y, de esa manera, pueda llevar al animal contra la horqueta y facilitar los piales.

Siempre en caso de marcarse con horqueta, emplean sobeos los enlazadores, para no echar a perder los lazos con el roce del palo de la horqueta.

Es la yerra la fiesta campera por excelencia en la cual toman parte todos los peones del establecimiento, los vecinos y hasta los amigos que aun viviendo lejos no desperdician el convite.

Ya desde la antevíspera y la víspera sobre todo, es un llegar a la estancia de paisanos bien montados; sólo los vecinos de muy cerca llegan el día del trabajo.

Todos llevan sus mejores caballos y  todos su lazo, acomodado con cierta presunción, sobre el anca del caballo, dejando caer dos o tres rollos, sobre las patas del animal. Es en la yerra que nuestros criollos echan el resto, en coraje, habilidad y fuerza; unos a otros se estimulan en el trabajo con sus proezas, tan propias de ellos, que, desafiando los peligros, parece que encontraran placer en arriesgarse; todos quieren sobresalir.

Siendo, como es, la fiesta de las fiestas, en el campo, era costumbre antiguamente que el día de la terminación de la yerra, se festejara con una gran comilona.

Hoy… ¡Hay bretes!...y el trabajo se hace fácil y sin darle mayor importancia.”